Historia del Ministerio

Luego de casarme y de terminar otros estudios teológicos en Estados Unidos, junto a mi esposa volvimos a Argentina para probar que Dios podía manifestarse en medio de nuestra propia incredulidad, o quizás, en medio de nuestras propias limitaciones. Nuestro país en esos momentos parecía ser uno de los lugares más duros que existían sobre la faz de la tierra para abrirse a la predicación del evangelio.
Dios me había dado para Argentina una visión. Oí una voz del cosmos que me dijo, “Visión de Futuro”. Y esa visión consistía en presentar el evangelio a las ovejas perdidas de la iglesia oficial. Seguí las indicaciones claras del Espíritu Santo para introducir el mensaje de Cristo en la mente y corazón de aquellos que por años habían oído del poder de Dios, pero que nunca lo habían experimentado.

En el año 1972 comenzamos una nueva obra dirigida especial y únicamente a todos los que traían sobre ellos solamente la marca de una religión.

Para nuestra sorpresa, fueron miles y miles que respondían al llamado del Evangelio y, lo que nunca habían experimentado, vimos hasta 20 mil personas en la primera semana de reunión. La fusión entre iglesia católica y el estado argentino hacía que cada vez que queríamos llevar a cabo importantes cruzadas, debíamos enfrentar a todo un sistema opositor que muchas veces terminaba en una persecución atroz. En varias oportunidades, venían con perros y gases lacrimógenos para dispersar a la gente, y tanto mi equipo como yo, éramos llevado a la central de Policía.

Por muchos años, siendo profesor en escuelas bíblicas, habíamos estudiado todos los métodos sobre evangelización, pero con los mayores esfuerzos nunca tuvimos resultados muy grandes. Como no hacíamos el esfuerzo de predicar fuera del templo, siempre nos quedamos encerrados dentro de cuatro paredes, viendo pasar a la gente por la calle sin gozar de la salvación.

Durante la década del 70 comencé a tener ciertas experiencia que tenían que ver directamente con el mundo espiritual, y fue como si un velo se hubiera corrido y podía ver que no era solamente la predicación del evangelio, sino que también había una batalla de tipo espiritual que debía ser complementada. En ese tiempo nos se hablaba de guerra espiritual y mucho menos de tomar las ciudades.



Fue así que en mi experiencia personal, la oración intercesora fue uno de los elementos más importantes para poder actuar en un nivel de fe, creyendo que no solamente nuestras oraciones serían contestadas, sino que también podíamos entrar en los corredores espirituales donde se experimentaba el poder y a la obra del Espíritu Santo aplicando LA PALABRA (la semilla incorruptible) en el corazón de la vidas.

Poco a poco logré entender cómo se podía penetrar en el terreno del enemigo y establecer el Reino de Dios con verdadero poder. De un lugar, donde el pueblo era movido por la presencia de Dios, iba a otro donde se podían ver los mismos resultados (aunque ayuda mucho recibir la revelación de qué clase de fuerzas están operando sobre una ciudad).

En ciudades o pueblos que habían estado completamente cerrados e indiferentes, después de ese tiempo de oración y ayuno, se rompía con el poder de la tradición religiosa, la indiferencia era quebrada, y aun aquellos orgullosos por su capacidad intelectual, se daban cuenta de que necesitaban a Dios”.

El Rvdo. Cabrera continuó relatando: “En un momento se produce una ola de visitación tan grande que las multitudes comenzaron a venir de a miles. He tenido reuniones con 3, 10, 20, 40 y hasta 48 mil persona en una noche. Al predicarle a las masas, traté de no hacer proselitismo ni usar psicología negativa hablando mal o buscando puntos de controversia con la religión oficial, por el contrario, siempre traté de evitar todos los puntos que podrían producir roces o distanciamiento. Pero la gente que venía con sus grandes cargas, problemas, dificultades y enfermedades, ya sean emocionales o físicas, encontraban una respuesta inesperada al tener un encuentro personal con el Señor.